Le pidió a la luna que fuera testigo, y la luna se negó al tiempo que enturbiaba su reflejo. Dirigió su mirada a la constelación de Tauro y Aldebarán le dio la espalda.
Recorrió la Vía Láctea hasta donde se vacía de estrellas y la pléyade de luceros fueron ocultándose uno tras otro para dejar el cielo huérfano de candilejas.
Hundido en el bancal de su alma, roto en la comisura de su corazón, perdido en el tiempo abstracto anterior a él, mordiendo la soledad, masticando el barro del dolor y sembrando su paso de angustias, caminó como una embarcación sin timonel.
El sendero estrecho zigzagueaba entre las cuadrículas de maizales y viñedos y se estrangulaba acosado por zarzas y espinos.
Ni un mochuelo, ni una rana, ni un grillo, ni un mínimo ruido nocturno que acompañara su marcha. Pero así y todo continuó caminando.
Deseaba alejarse tanto, deseaba poner tanta distancia que sus pasos se fueron haciendo cada vez más largos
El dolor le mordía el alma. La angustia le retorcía como la hiedra sobre el muro y la soledad le acompañaba si es que la soledad puede acompañar a alguien.
Quién es, dijo el sapo que se ocultó bajo la piedra . Dónde va, se preguntó el lobo al verle venir hacia él. Es un loco dijo la raposa. Un herido de la vida respondió la lechuza que anidaba en el campanario... Y el reloj de la torre dio dos campanadas profundas que sonaron huecas en la noche.
Se perderá, volvió a decir el sapo desde su escondite. Ese camino no va a parte alguna, comentó el lobo.
Yo le guiaré, dijo el topo saliendo de debajo de la tierra y todos rieron su extravagancia.
Crujió la grava bajo sus pies y siguió caminando.
De repente apareció el mar frente a él. Un mar plateado de calma chicha y callado como un muerto. Las olas llegaban agonizantes lamiendo la playa depositando sobre la arena el sargazo de la desesperanza. Su ángel de la guarda le cantó en los oídos la canción de no te detengas y él le hizo caso.


kilometro-0 dijo
Quizá el secreto esté en no hacer caso ni al topo, ni al sapo ni al lobo y ni incluso al ángel de la guarda, quizá el secreto sea simplemente ir donde el corazón te lleve...
Bellísimo relato
28 Diciembre 2007 | 06:41